Romance urbano


Cabalgando sosegado
vencido por ilusiones,
por Los Ángeles perdido
con su fiel corredor galgo,
el flaco hidalgo respira,
vencido por su pasado,
el aire de los ayeres.
En un gentío infinito
callados por las pantallas,
el hidalgo misterioso
mira a unos pocos pasos
un negro niño que llora
y su negra madre inmóvil:
- Discúlpeme mi señora
pero hijo llorón la llama
deje un momento ese espejo
ladrón de vuestra mirada.
La señora lo retrata
sin palabra que decir,
su rostro enojado gime
y se anima a maldecir:
-¿Qué época cree que vive
anciano sin quehacer?
Lo retrato por si acaso
sea usted ladrón o no;
mi atención es mi dominio
y mis ojos son muy míos,
si a mi pequeño crío ignoro
porque otros lloros me llaman,
me han enviado unos mensajes,
el padre de mis dos vástagos
de prisión no saldrá ahora,
¿su cruel crimen? Posesión
de la hierba que distorsiona
la triste realidad.
Pidió perdón el hidalgo
y prosiguió sus andadas,
no le daba bienvenida
la caótica ciudad,
y su soledad incluso
era una habitante más...


© Elvis Dino Esquivel


Imagen: City of Los Angeles

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